La iglesia de San Jorge, parroquia de Las Fraguas, fue construida en 1890 por orden de los Duques de Santo Mauro sobre el emplazamiento de una ermita medieval y donado por los duques al pueblo de Las Fraguas. Es conocida popularmente con el nombre de el Partenón, ya que se trata de una capilla-panteón de estilo neoclásico, uno de los pocos templos en Cantabria que imita a un templo romano, de planta rectangular y con 40 columnas de orden corintio que rodean todo el edificio. LasFraguas se encuentra situada muy cerca de Arenas de Iguña, población que da nombre al valle. Otro punto de interés muy cerca de la Iglesia de San Jorge, es el Palacio de Los Hornillos, lugar en el que se rodó la película “Los Otros”
Os presento a Saul o Hugo, el nombre está por decidir. Hijo de Marta y Sergio, nieto de Gloria y Víctor, sobrino de Elena y Víctor M., ... ¿A que es una monada? Aupa chaval, que enseguida estás aquí.
El pasado día 25, a las 17.05 horas, llegó a este mundo Marta. Pesó al nacer 3.750 kg y su estado como el de su madre Carmen es muy bueno, ¡ Felicidades! a Carmen, Vicente, que son sus padres, así como a Jose, Ali y resto de la familia. Es el primer nacimiento, de tres previstos de esta generación. Nuevamente felicidades.
Nos han visitado en Torrelavega, nuestros buenos amigos, Joan y Montse, junto a Mary y Manolo. Como buenos españoles que somos, entre otras cosas lo hemos celebrado con alguna que otra buena comida. Una de ellas, ha sido un magnífico arroz con bogavante, que estaba sencillamente delicioso. También hemos aprovechado la ocasión, para visitar algunas zonas de nuestra bella Cantabria, aprovechando los días de sol, de nubes y como no podía ser de otra forma, días de agua. Esperemos que ellos, los visitantes lo hayan disfrutado tanto como nosotros.
800 grs. De solomillo de cerdo ibérico (en una pieza, entero, sin partir)
1 cucharada de mostaza al estragón
½ L. de leche
1 dl. De leche evaporada
4 dientes de ajo con su piel
6 cucharadas de aceite de oliva
pimienta blanca, nuez moscada y sal.
Para la ensalada:
150 grs. De hojas de espinacas
4 fresas
5 cucharadas de aceite de nuez
2 cucharadas de vinagre de Jerez
2 cucharadas de Oporto dulce blanco
agua y sal
Además:
Unas hojas de salvia
ELABORACIÓN:
Para el solomillo en crema de leche y ajos:
Unta el solomillo en una mezcla de mostazay sal. Pon en una cazuela el aceite a fuego vivo y rehoga allí el solomillo. Cuando esté dorado por todas las partes, añade los ajos y a continuación la leche entera y la evaporada. Deja cocer a fuego lento durante 30 min. Retira el solomillo y los ajos confitados del fuego. Pela y tritura los ajos. Reduce la leche en la que se ha cocido el solomillo hasta que quede bien untuosa. Da punto de pimienta blanca y de nuez moscada. Agrega el puré de ajos al final de la cocción y mezcla perfectamente.
Para la ensalada:
Mezcla el aceite con el vinagre y el Oporto y sazona. Filetea finamente las fresas y escalda en agua hirviendo con sal, unos instantes, las hojas de espinaca, previamente lavadas. Aliña en el momento de servir con la vinagreta anterior.
FINAL Y PRESENTACIÓN:
Coloca en un costado del plato la parte correspondiente de lomo fileteado y salseado. En el otro lado coloca una porción de la ensalada aliñada. Decora con las hojas de salvia.
SI NO ENCUENTRAS:
Cerdo Ibérico: utiliza cerdo blanco
Mostaza al estragón: emplea cualquier tipo de mostaza suave
Nuez moscada: puedes prescindir de ella
Aceite de nuez: puedes usar aceite de girasol
Vinagre de Jerez: usa vinagre de vino blanco
Oporto dulce blanco: puedes usar un vino dulce blanco.
UNOS TRUCOS:
Para utilizar las espinacas en ensalada no es necesario hervirlas, en todo caso se escaldan unos instantes. Personalmente prefiero saltearlas en una sartén con unas gotas de aceite. En este caso, se rocían las hojas con unas gotas de agua hirviendo para que se contraigan y disminuyan su volúmen.
También se pueden escaldar las espinacas, sobre todo si son grandes y por tanto más amargas que los brotes pequeños, con una pizca de azúcar además de la sal. Tampoco está mal añadir en el agua unos trozos de corteza de limón sin lo blanco de la piel, que suele amargar.
Es conveniente bridar el solomillo de cerdo con una liz para que no se desparrame y pueda filetearse después uniformemente. También resulta muy adecuado añadir al salteado de cerdo unas hojas frescas de salvia, sobre todo si se usa cerdo blanco, que es menos sabroso, dándole asi un toque más campestre.
La primera referencia escrita que ha llegado a nosotros, en el que se cita al pueblo Cántabro se remonta a 200 años antes de Cristo. Su autor, el historiador romano Marco Porcio Catón, afirma que el Río Ebro nace en territorio de los Cántabros. A partir de aquel momento, las citas sobres Cántabros y Cantabria se sucede ininterrumpidamente hasta los tiempos de la dominación Romana, continuando después a lo largo de todo el imperio y el posterior reino de los visigodos. La fama del pueblo Cántabro está corroborada por las casi ciento cincuenta referencias que sobre él aparecen en los textos griegos y latinos, tanto históricos y geográficos como literarios, conservados. La razón suprema de aquella celebridad fue la tenaz y heroica resistencia que mantuvieron contra los ejércitos romanos por espacio de más de diez años, en desesperada defensa por su independencia y libertad. Por supuesto, era el más conocido de los pueblos del Norte de España, hasta el punto de que los romanos bautizaron con su nombre a todo el mar que baña la costa septentrional de la península. Aunque administrativamente sometido a los invasores, el pueblo Cántabro no perdió su identidad, como demuestran, sin lugar a dudas, los testimonios epigráficos que han llegado hasta nosotros, en donde, generalmente, aparece constancia de que quienes los elevaron pertenecían a la nación Cántabra. Paralelamente, existen numerosas evidencias de que mantuvieron en gran medida sus costumbres, instituciones y creencias ancestrales, hasta el punto de que, aunque la mayoría de los restantes pueblos hispanos perdieron su identidad anterior a lo largo de la dominación romana, los Cántabros lograron mantenerla. A la caída del imperio, este pueblo dio tan claras muestras de vitalidad como para asumir el radical protagonismo histórico de recuperar su vieja independencia frente al reino visigodo. Parece que eran buenos artesanos en la forja de hierro y en las técnicas de la madera. En su ajuar guerrero figuraban armas y adornos similares a las de otro pueblos Celtas de la meseta (espadas tipo Bernorio, puñales de antenas, fíbulas de doble resorte...), junto a elementos comunes a otros pueblos peninsulares, como la caetra o pequeño escudo redondo y los dardos y jabalinas, en cuyo manejo eran maestros. Por lo que se refiere a los cultos religiosos, parece que en la Cantabria prerromana se adoraba a una diosa madre, que después, en época romana, fue designada con el propio nombre del país, es decir, Cantabria. Posiblemente a ella, identificada con la luna, era a quien se rendía culto con animadas danzas y festejos en la noches de plenilunio, según nos cuenta Estrabón. Existía también un dios de la guerra, identificado más tarde con el Marte latino, a quien los Cántabros ofrecían en holocausto caballos y prisioneros. La sangre caliente de los primeros era bebida ritualmente por los individuos de la tribu Cántabra de los concanos, según diversos testimonios. Había , además, un dios de la tormenta, que más tarde parece designarse con el nombre de Júpiter Cantabricus, al que se dedicaban hachas votivas en los lugares donde caían los rayos. Otros dioses locales, cuyo nombre conocemos, aunque no sus atributos, eran Cabuniegino y Erudino. También sabemos que los Cántabros veneraban las cumbres de ciertas montañas, las fuentes, los ríos y otros elementos naturaleza. A los difuntos, que normalmente debían ser incinerados, si había muerto heroicamente en el combate se les daba un trato especial, dejando que su cuerpo fuera despedazado por los buitres, con el fin de que el alma pudiera emigrar al cielo con mayor premura. Esta costumbre es la que parece estar representada en la famosa estela de Zurita. Normalmente, los Cántabros habitaban en poblados fortificados sobre un alto; es lo que se dedomina "castro". En el sur de Cantabria, donde tales fortalezas fueron objetos de mayor atención en razón de la defensa del país, conocemos magníficos ejemplares, como peñas Amaya, monte Cildá, monte Bernorio y otros en la región de Campóo.
La denominación de Cantabria procede del nombre del pueblo que habitó esta región en la antigüedad, al que llamaban Cántabro. No es segura la etimología de este vocablo. La raíz "cant" es celta o ligur y probablemente, significa piedra o roca. El sufijo "arb" tiene un sentido de "relación a". Según esto, Cántabro sería tanto como habitante de las peñas o de las montañas. Cántabro, el pueblo que habitaba la región de Cantabria era conocido en la antigüedad por las fuentes grecos-latinas con el nombre de Cántabro. Se trataba de gentes de montaña, que ocupaban un territorio cuyas fronteras rebasaban algo a las actuales de la región. Así , por el oeste, los Cántabros llegaban hasta el sella, al otro lado del cual se asentaban los Astures; por el sur llegaban hasta Cistierna, Guardo, Amaya, Bricia y Espinosa de los Monteros, Lindando con vacceos y turmogos, y por el este, el país de los Cántabros incluía el valle de Guriezo. Ocupaban, pues, la zona montañosa hasta el borde de las llanuras Castellanas, dominadas por las imponentes fortalezas de la peña Amaya, verdadera atalaya Cántabra sobre las tierras de vacceos y turmogos. La zona más caracterizada de Cantabria lo constituía las fuentes del Ebro y la franja costera que viene a coincidir con su meridiano. En realidad, se trataba de un conglomerado de pueblos unificados y controlados por gentes procedentes de las inmigraciones indoeuropeas del 700 antes de Jesucristo (probablemente los plentuisios y blendios del nacimiento del Ebro), y del año 600 antes de Jesucristo (los vellicos de la zona sur del país). Esto es lo que daba el carácter predominante "Celta" al pueblo. En el que, por una parte, existía a su vez numerosos elementos culturales locales que se remontan, por lo menos, a la edad de bronce y, por otra, había influjos celtibéricos foráneos que iban superponiéndose, especialmente desde del siglo II antes de Jesucristo. Los Cántabros estaban divididos en tribus o "gentes", probablemente no todas ellas culturalmente homogéneas. Además de las tribus ya citadas, los orgenomescos ocupaban una extensa zona de la región más occidental de la costa, que incluían San Vicente de la Barquera. También se cita a los avaríginos en el Alto Nansa; a los salenos, acaso, en las riberas del Saja. Los Cántabros coniscos tal vez ocupaban Valderredible. Los coniacos, la zona oriental y los concanos, posiblemente, la Liébana. Por de bajo de la tribu había una unidad social elemental que se llamaba "gentilidad" o clan. En las costumbres de los Cántabros había rasgos de tipo indoeuropeo, y otros muy acusados al menos en ciertos ambientes, evidentemente preindoeuropeos. Entre éstos destaca un cierto comportamiento de carácter matriarcal, con un predominio no tanto de la mujer como de la familia de ésta sobre la del marido, en temas de propiedad, transmisión de herencias y dotes matrimoniales. El género de vida es muy sobrio, las fuentes de producción muy escasas y reducidas a una economía de subsistencia fundada en la ganadería y en la cultura elemental. La actividad preferente del varón era la guerra, en la que los Cántabros destacaban como guerreros de un heroísmo a veces rayando la locura. No solo luchaban entre si, sino que depredaban, en los momentos propicios, los ricos campos de la llanura Castellana y se ofrecían como soldados mercenarios en países relativamente lejanos. Por eso adquirieron una merecida fama de temibles guerreros, amantes de sus costumbres y de su independencia. Cuando la derrota era inevitable, no rehuían el suicidio como salida honorable, para lo cual usaban una poción letal extraída de las hojas del tejo.
Se trata de la bandera más antigua de Europa que tras la incompleta conquista de nuestra tierra por las legiones de la Roma imperial de Augusto, fue incorporada por dichas legiones como homenaje al heroísmo del pueblo de los cántabros y el orgullo que les producía el haberlo conquistado después de tantas vidas perdidas en las distintas guerras.
El lábaro cántabro está compuesto por dos bordes laterales horizontales en oro, sobre fondo rojo carmesí y el emblema central en círculo también en oro. Tanto el rojo carmesí, como el oro pasarían después también al pendón de Castillla y a las enseñas catalana y aragonesas, así como, por último, a la bandera española.
El lábaro iba a la cabeza del ejército y su custodia estaba confiada a cincuenta hombres escogidos entre los más bravos y fieles que se turnaban para llevarlo. El que lo llevaba era conocido como el signifer o abanderado. Hubo un cántabro de Brigantia (ciudad cántabra hoy conocida por Julióbriga) llamado Lucio Elio Flaco, que llegó a ser abanderado de la Legio II Augusta.
Las unidades de caballería romanas, a partir del siglo II d. C. llevaban un estandarte de color rojo carmesí con una cenefa dorada con cruces que recibía el nombre de “cántabro”. Municio Felix y Tertuliano, ambos escritores cristianos del siglo III, se refieren en uno de sus escritos a un estandarte en forma de cruz que llevaba la caballería romana y que recibía el nombre de “cántabro”. Mucho tiempo después, el emperador Teodosio llamará siempre a su abanderado “cantabrius”.
Merece destacar la aparición en Croacia, concretamente en la Panomia Inferior, de una lápida dedicada a una diosa conocida con el nombre de Cantabria, lo que hace pensar que eran soldados cántabros mercenarios en las guerras del Danubio los que divinizaron el nombre de su patria ya que en la lápida aparece un lábaro.
El Lábaro es la bandera histórica de Cantabria con más de dos mil años de existencia, cientos de veces victoriosa, adornada por el heroismo de nuestros antepasados.
Linaje de origen Aragonés. Cuando el Conde de Tolosa que mandaba el tercero de los ejércitos de las Cruzadas fue a Tierra Santa, le acompañó su esposa doña Elvira, Infanta de Castilla, a la cual, en el castillo de Monte Peregrino, fortaleza que edificó el Conde frente a la ciudad de Trípoli, dio a luz un hijo, al que se le puso por nombre Alfonso y de apellido o sobrenombre Jordán, por haber sido bautizado en el río Jordán. Tal es el origen de este apellido, tan extendido por Aragón y Cataluña y también por Andalucía y la Montaña santanderina. Según una ejecutoria de infanzonía que poseen los Jordán de Bierges, la antigüedad del linaje en Aragón se remonta al reinado de don Jaime II, pudiendo establecerse la siguiente genealogía: 1.- Pedro J. , vecino de la villa de Murillo de Gállego, en el partido judicial de Ejea, de los Caballero (Zaragoza), acudió ante el citado Monarca en súplica de que le fuera admitida la salva de infanzonía, obteniendo este favor real y confirmación y reconocimiento de ella. Dicho caballero tuvo en legítimo matrimonio a 2.- Pedro Jordán que, desde Murillo de Gállego, trasladó su residencia a Ardisa, villa del partido judicial de Ejea de los Caballeros, donde contrajo matrimonio y levantó casal. Uno de sus hijos se llamó 3.- Juan Jordán que continuó residiendo en Ardisa y tuvo los siguientes hijos: 4.- Juan Jordán, que sigue. Martín Jordán que trasladó su residencia a Fuendetodos (Zaragoza) y Lorenzo Jordán, establecido en Huesca.